Cuento taziturno: Un hombre, una mujer, un libro

Cuento taziturno: Un hombre, una mujer, un libro

Un día tranquilo: es sábado y no trabaja.

No ha comprado el periódico –“siempre las mismas noticias”– ni ha desayunado. Saluda a un conocido con la mano y prosigue su camino.

Está cansado, ciertas cosas le agotan.

No se ha percatado de los niños jugando en el tobogán; ni de los ancianos que, formando un corro, charlan sobre sus cosas; ni del gorjeo de los pájaros, ni del inevitable ruido del tráfico, ni de las flores adormecidas que tapizan el suelo.

Absorto en sus pensamientos, ha olvidado incluso dónde se encuentra.

Se recobra de su ausencia. Siempre le gustó ese parque.

El perro le pide una caricia y él se la da: son buenos amigos.

Nada le mueve y nada le detiene. Llegará hasta el café, y volverá sobre sus pies.

Siete u ocho mesas y un camarero con chaqueta blanca y pajarita.

Y allí, sentada a una mesa, leyendo un libro, la ve.

¿Es ella?

Levanta la vista y chocan sus miradas. Sí, es ella. Ha tardado en encontrarla pero ahora no tiene dudas.

No quiere sucumbir, no debe: es demasiado tarde. ¿Por qué ahora?

Se agacha y le regala a su compañero otra caricia.

Mira de nuevo hacia la terraza. Disfrutando del día: también es sábado para ella.

Se para a contemplarla mejor, quiere hacerlo.

Ella vuelve a levantar la mirada. Sí, son él y ella. Los dos lo saben.

Se miran fijamente, ninguno lo evita ya: hay cosas inevitables.

Ella llama al camarero. No duda a la hora de pedir la consumición para él.

Camina hacia allá. Relajado. ¿Por qué han tardado tanto en encontrarse?, ¿qué sentido han tenido sus vidas hasta ese instante, siempre por caminos diferentes? Todo es tan sencillo, sólo es cuestión de mirarse: que hablen los ojos.

Sigue caminando hacia ella.

No le presta atención al libro, aún entre sus manos.

Se sienta. Ni un saludo, ni una sonrisa, ni un gesto de complicidad.

El camarero le sirve una taza de café solo con dos azucarillos. Tal como a él le gusta.

El perro se echa en el suelo y mira a la pareja. Sus ojos perezosos adoptan una expresión de asentimiento.

Toma el café a sorbos: está muy caliente.

Se gira, y la siente. No es guapa, no es alta, no es refinada. ¿O sí? Qué más da. Sabe quién es.

Y él, ¿quién es? Simplemente él, lo demás no importa.

Ella habla: “No soy buena cocinera. No quiero casarme, ya lo estuve. A veces tengo mal genio. Tú decides”. “Todo está bien…”, responde él.

Ella coge su libro y se enfrasca nuevamente en la lectura.

El silencio es hermoso.

Apura el café. Tiene que pensar: la vuelta a casa, la maleta, ese olor a sosiego que tanto le aturde y despedirse de todo para empezar una nueva vida con una mujer cuyo nombre no conoce.

Francisco Rodríguez Criado, Sopa de pescado, Editora Regional de Extremadura, Mérida, 2001

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